La Sabiduría del Gigante

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Rachi corría como alma que lleva el viento. Atravesaba con sus pies descalzos toda la selva inmensa con sus árboles que medían como edificios de quince pisos y pisaba sin asco y con prisa a todas las hormigas y bichos que corrían tan apurados como él por ese gigantesco suelo. Iba apurado, con su cuaderno y su lápiz amarrado al cuello y llevaba puesto un short, que alguna vez fue pantalón, y un polo verde que le llegaba al ombligo. Corría y corría rozando su cara contra las plantas y evadiendo los troncos atravesados a la mitad del camino hasta que de pronto se cruzó con un gigante. Era un tipo inmenso, con zapatos de esos que usan los militares, se había puesto el pantalón dentro de ellos y traía una camisa pegada al cuerpo por el sudor.

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El gigante caminaba delante de él con una rapidez y una facilidad que parecía que los zapatos no le pesaban y sabía mover tan ágilmente su cabeza que en ningún momento se chocó ni medio milímetro con alguna ramita de las miles que hay por allí. Rachi se detuvo un poco para mirar hacia dónde se dirigía ese hombre tan extraño y tan alto, hasta que se dio con la sorpresa que aquel sujeto caminaba de frente y sin escalas hasta su misma escuela. Cuando entró al salón, los diez chicos que estaban jugando a aventarse las semillas de las plantas que sembrarían en la chacrita del jardín, se quedaron petrificados. El gigante los miró con sus ojos achinados, dejó su cartapacio encima de la mesa y vio cómo Rachi entraba al aula sin dejar de observarlo ni un segundo. El gigante pensó que si en ese momento de absoluto silencio él decía algo como BU! Todos, sin excepción, morirían de un infarto. Entonces decidió hablar. “Tsawajumek pegkeg tsawaje” (Buenos días, amaneció bonito el día) –les dijo y empezó a caminar por la clase mientras todos no terminaban de cerrar sus bocas. Y luego acercándose a Rachi le preguntó: “Wajupa mijanash ajutjamua” (¿Cuántos años tienes?). El pobre niño que no podía creer lo que escuchaban sus oídos contestó tartamudeando: “uwejan mai amua”, que quiere decir “diez”. Luego el maestro le preguntó a otro niño lo mismo y éste le respondió: “uweja juinian kampatum ijuk”, que quiere decir “ocho”. El maestro sonrió y en su mismo dialecto awajum les preguntó cuál de los dos había nacido primero. “Yo”, contestó Rachi también en awajum y el maestro siguiendo el mismo idioma empezó un juego que los divirtió toda la mañana y que les hizo entender por fin donde estaba el truco para entender la magia de la suma y la resta. Apenas unos días antes, se acababa de ir de la comunidad una profesora que sabía hablar mucho castellano pero muy poco awajum.

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Desde que comenzó el año les había tratado de explicar cómo era el tema del cinco más cinco, del número anterior y posterior, del mayor qué y el menor qué y de que si sumas nueve más ocho, primero pones el siete y llevas el uno. Y todo parecía tan difícil y complicado que Rachi pensó que ni los Apus de su pueblo podrían descubrir el secreto de las respuestas que a grito pelado reclamaba la profesora. No le entendían casi nada porque todo lo hablaba en un idioma que ellos no habían escuchado nunca y les costaba mucho comprenderla cuando entre mortificada y molesta les exigía que le respondieran algo.

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En cambio al gigante, cuyo nombre verdadero era Mauro Tsejem Untsui le entendieron todo desde el primer día. Después de jugar a las matemáticas, el profesor les dijo que el castellano lo aprenderían después. Les contó que él también era awajum, que había vivido en una comunidad muy cercana a esa pero que al morir su madre, unos parientes que vivían en la ciudad se lo llevaron, lo educaron y ahora era profesor. La clase estaba feliz. Entendían todo lo que el profesor les explicaba y hasta Rachi a quien casi no se le conocía la voz, participaba con tal empeño para descubrir las respuestas que al final de la clase, el gigante lo miró y le dijo: “Ame atinaitme uchi aishmag”, que quiere decir: “Tu serás un niño sabio”. Nunca nadie le había dicho eso antes. Ese fue sin duda el mejor día de su vida.