Viviendo con Henry

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La hora del refrigerio había llegado. Las doce loncheras estaban ordenadas en fila india pero esta vez, a diferencia de los días anteriores sólo un niño se apresuró en servirse. Parecía el retrato de la última cena, sólo que esta vez los apóstoles habían abandonado su lugar. Un día antes, la abuela de Henry tuvo un encuentro con la profesora de la escuela. La señora, muy triste, le contó que los padres del niño habían fallecido de SIDA hacía un año y Henry venía haciéndose tratamientos médicos que originaban sus periódicas faltas al colegio. La maestra palideció como si fuera a desmayarse. No encontró palabras para responder a lo que acababa de escuchar y sólo atinó a decirle a la angustiada abuela que “se tomarían las medidas del caso para prevenir cualquier contratiempo”. Luego de eso la despidió sin darle la mano y se alejó.

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Al día siguiente, la noticia se había esparcido como reguero de pólvora. Lo sabía desde el director hasta el portero, pasando por los alumnos de cada aula y los servidores de limpieza. Cada uno tenía, obviamente, una historia distinta, una más grave que la otra, con aderezos inimaginables, con precisiones de cataclismo y había quienes aseguraban haber visto al niño sangrar por una herida en la rodilla después de un partido de fútbol. Cada chisme era peor que el otro. Y como nadie sabía lo que en realidad era esa enfermedad, ni cómo se contagiaba ni nada de nada pues todos se dejaban llevar por el comadreo, la habladuría y la falsedad. Por eso cuando Henry llegó esa mañana a su salón, lo que encontró fueron muchos asientos vacíos. Mientras tanto en la oficina del director, el ambiente estaba a punto de convertirse en una hecatombe: un bullicioso grupo de madres, cada vez más molestas y alteradas gritaba palabras inentendibles. Lo único que los oídos de Henry podían captar era que muchas de ellas pronunciaban su nombre una y otra vez. Aquel día sólo tres de los doce niños que compartían su clase estuvieron con él hasta que de pronto, sus madres llegaron asustadas a recogerlos. La profesora no supo qué hacer y mirando a Henry de reojo le dijo que podía sacar su lonchera y comer. Ese fue el último día que el pequeño pudo entrar a ese colegio. Al día siguiente su abuela, con una tristeza inmensa en los ojos, le dijo que no se aliste, y al otro día también, y al otro día igual. Hasta que una mañana, aquella anciana que era todo lo que tenía en el mundo lo alistó con prisa. ¿A dónde vamos abuela? –le dijo el niño, con curiosidad. “A parar de una vez este chisme que nos está arruinando la vida, mijo”–le respondió.

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La anciana y el niño llegaron a la puerta del colegio, entraron a la dirección y la abuela con la voz serena pero firme le preguntó al hombre que conducía ese colegio “¿Usted sabe qué es vivir con el virus del Sida? ¿Usted sabe cómo se contagia? ¿Sabe usted que no se contagia ni abrazando, que es lo que yo hago con mi nieto todos los días cuando lo acuesto, ni dando un beso como se lo doy yo todos los días antes que salga al colegio, ni se contagia leyendo un libro, ni hablando con la profesora? Pues yo vengo a explicarle eso a usted y a los profesores de esta escuela”. Luego de terminar con todo lo que había ido a decir, la abuela y el niño partieron hacia la UGEL, que es una oficina de educación donde se pueden poner quejas y luego de eso se fueron hacia los canales de televisión para contar lo sucedido. “Si hay que hablar sobre el SIDA, hay que hablar con la verdad”, les dijo a los periodistas. Henry que ya sabía leer vio al día siguiente los diarios y se enteró de lo que había sucedido con sus amigos, con las madres de ellos, con los profesores y con el director. Todos le tenían miedo, todos creían que el virus que tenía en su cuerpo se podía contagiar con sólo mirar, con sólo un abrazo, con sólo un mal deseo. Y fue entonces que Henry lloró. Semanas después de todo aquel escándalo le dijeron que podía volver a su escuela. Cuando llegó, otra maestra lo esperaba y al entrar a su salón sólo siete amigos lo recibieron entre aplausos y sonrisas.

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Los demás ya no estaban. Sin embargo, ese fue finalmente un gran día. Cuando su abuela lo fue a recoger, Henry la abrazó muy fuerte. “Gracias por luchar por mí abuelita” –le dijo. Y ambos se fueron caminando abrazados por aquellas calles donde todos somos iguales ante los ojos de Dios.