Justo, la Vaca y Maritza

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Cierto día en el pueblo de Omacha en el Cuzco, una vaca se perdió. Un día antes, el dueño del animal, don Antonio Inga, le ordenó a su hija Maritza que fuera a pastear a la vaca a terrenos frescos, pero la niña le pidió a su padre que la dejara ir a la escuela. Que ella se había preparado caso podía mandar a Justo, su hermano, quehabía ocioseado toda la tarde anterior y que no había hecho nada de la tarea. A regañadientes, don Antonio aceptó el trato y envió a su hijo varón a pastear a la vaca. Justo se fue feliz, caminando con el animal por el campo hasta llegar al arroyo donde estaban los mejores pastos frescos de la comarca. Se acomodó cerca de una sombra y luego de jugar echando piedras al río se quedó dormido. Tanto tiempo se habrán cerrado sus ojos que cuando los abrió, de la vaca no había ni el rastro.

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Corriendo y derramando lágrimas de susto, el niño llegó a su casa y fue de prisa al corralón con la esperanza que Eugenia, que así se llamaba la vaca, haya regresado por su propia cuenta y riesgo. Pero el animal no estaba allí. Dio vueltas por todo el lugar hasta que de pronto se topó con la figura de su padre que traía un ronzal en la mano. Un ronzal es una cuerda anudada en puntas que cuando cae en el cuerpo de cualquier pe sona deja unas marcas profundas y horribles en la piel. No tuvo tiempo de escapar. Lo agarraron de la oreja y lo metieron de un empujón a su casa. Su piel se erizó pensando en el dolor que le causarían los golpes con aquel ronzal, pero cuando por fin abrió los ojos, sintiendo que los pasos de su padre se alejaban y nada sucedía, vio a su hermana frente a él. Estaba con la blusa rota y las marcas de los golpes por todo su pecho. Su falda también estaba partida en dos y sus piernas sólo reconocían el color rojo de su sangre.

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Su cara estaba hinchada y sus ojos chinitos de tanto derramar lágrimas. “Mi papá me pegó” –le dijo a su hermano– dice que yo tengo la culpa que la vaca se haya perdido. Que no debí ir a la escuela, que yo debí sacarla a pastear. Y me ha dicho –dijo haciendo sonar su llanto– que nunca más iré a la escuela. Que ese no es mi lugar. Que mi sitio es aquí, con mi mamá en la cocina, con la vaca, con el mandado”. Justo tuvo tanta pena en su corazón que se paró como un rayo y salió corriendo de su casa y no paró hasta donde vivía la señora Dominga Pérez. Ella era la Defensora de su Comunidad y su padre siempre había hablado mal de ella. Decía que era una mujer ociosa y metiche que en vez de cuidar de sus hijos y su marido andaba metiendo las narices en la casa de otros. Justo, con el corazón latiéndole como un rayo tocó la puerta de la señora Dominga y le contó todo loque había pasado con él, con la vaca y con su hermana. Luego se sentó a esperar. Vio cómo todo un grupo de gente con la señora Dominga a la cabeza atravesó la plaza y llegó hasta su casa. A los gritos sacaron de allí a su hermana y la llevaron donde una tía que le curó todas sus heridas.

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Luego un grupo de hombres y mujeres regresó para hablar con su papá. Justo nunca supo qué fue lo que le dijeron, pero a decir de su imaginación, fueron palabras mágicas. Porque desde entonces, los ronzales desaparecieron y todos los días, sin que falle uno solo, su padre desde la puerta gritaba los nombres de Justo y Maritza para que no se retrasen en el camino hacia la escuela.

Un día Justo le preguntó a su hermana si alguna vez su papá le había dicho algo después de aquella golpiza. Ella le respondió que no. Que sólo una vez, mientras se estaba acomodando sus trenzas, vino su papá y le tocó la cabeza. “Sus manos eran duras y pesadas –dijo Maritza– pero estoy segura que me querían pedir perdón”.