Al principio, Leonor pensaba que la gente podía vivir sin corazón. Ni bien nació la pusieron en el pecho de la mujer que le dio la vida pero sus oídos pronto dejaron de escuchar los latidos que la habían acompañado durante 9 meses. Ella era muy chiquita para comprender aquella desgracia y mientras creció, su hermana mayor fue quien se ocupó de alimentarla, vestirla lo mejor que pudo y enseñarle las habilidades de cómo manejar aquella casa en medio de la selva donde vivían. Pero un buen día, a su hermana mayor también le creció el vientre, inmenso como una montaña y fue entonces que Leonor volvió a sentir lo mismo que cuando nació. Tenía los ojos bien abiertos cuando la nueva criatura vino al mundo y de pronto, casi instintivamente corrió a poner sus oídos en
el pecho de su hermana para volver a sentir cómo aquel galope se iba apagando lentamente, sin remedio, y aquella mujer que había sido como su madre partía hacia un lugar que recién supo, era la muerte. Leonor, a sus seis años, quedó a cargo del nuevo bebé y las dos, en manos de la hermana que les seguía, una jovencita de doce años. Al poco tiempo a esa niña, tierna aún, también le empezó a crecer el vientre. Leonor entró en pánico. Ella estaba segura que ni bien le creciera la barriga y el niño saliera de allí ese corazón también dejaría de funcionar. Y entonces, cuando eso sucediera, ella estaría sola en el mundo. Todas las noches, mientras la luna cubría el firmamento y el sueño envolvía a todos los habitantes de aquel lugar, Leonor ponía sus oídos en el corazón de su hermana y empezaba a llorar. Hasta que un día ocurrió un milagro. Estaba la niña lavando la ropa al borde del río cuando vio que a una vecina suya, también con el vientre crecido se la llevaban lejos, antes que de a luz, a un lugar que le decían, la Casa de Espera. Leonor preguntó qué cosa era eso y le contaron que era un sitio donde las mujeres embarazadas llegaban y unos hombres y mujeres las ayudaban, las atendían y luego las llevaban a que den a luz con otros hombres y mujeres que sabían cómo hacer para que todo saliera bien. Leonor llegó corriendo a su casa y habló día y noche de esa Casa de Espera. Convenció a su hermana de ir al puesto de salud y cuando faltaba poco para que naciera el nuevo bebé ambas partieron hacia ese lugar.
No era un sitio muy diferente a la casa donde ellas vivían. Los responsables dejaron entrar a Leonor, a la comadrona, y las dejaron vestir, peinar y cuidara su hermana hasta el último instante. Hasta que un buen día llegó el momento y la hermana de Leonor fue llevada a un centro de salud donde dando gritos desgarradores entregó al mundo a una nueva criatura. Leonor que estaba esperando el momento en que la muerte acechante e insensible, entrara por la puerta para llevarse a su hermana, se acercó corriendo hacia donde ella estaba y la abrazó tan fuerte como pudo y puso sus oídos muy cerca de su corazón. Pero esta vez, a diferencia de las anteriores, ese sonido no se apagó. Siguió latiendo mientras Leonor lloraba. Lloraba como si recién acabara de nacer. Como si por fin, la vida le hubiese devuelto el latido de su madre, de su hermana que la crió, como si por fin, el mundo le hubiese entregado el corazón que ella necesitaba para vivir. Lloró de felicidad mientras le hacía adiós a la muerte. Mientras le decía que esta vez, ese corazón sería para ella. Que ese sonido maravilloso todavía tenía mucho que tocar aquí en la tierra. Que esta vez, la magia de la vida había ganado. Que esta vez la señora muerte tenía que regresarse por donde vino, con las manos vacías.