Don Pedro era una de esas almas libres que vivía como viven los pájaros, cambiando su plumaje de un lugar a otro. Andaba caminando de pueblo en pueblo, de comunidad en comunidad, de aldea en aldea. Había aprendido a comer picuro en la selva y a beber masato con los huambisas. Celebraba feliz un plato de chinguirito en el norte y con la misma alegría devoraba una pachamanca en algún poblado de Junín. Sus pies habían recorrido los montes verdes y los montes áridos, los caminos empedrados y los de asfalto. Era un hombre que creía haberlo visto todo en este país, hasta que de pronto al doblar una esquina en uno de los caseríos a los que llegó, casi se cae de espaldas. Allí mismo, en medio de la nada, en la plaza central de aquella casi aldea se erigía imponente un monumento de cemento que estaba a punto de rozar el cielo. A su alrededor unas bancas de cemento enclavadas en la tierra y alrededor de toda esa portentosa construcción, las casitas del pueblo luchaban para que no las levante en peso el viento del mediodía.
Anonadado como estaba de ver esta construcción en un pueblo tan pobre, don Pedro decidió echar un vistazo por las casas vecinas y se dio con la sorpresa que al frente de la plazuela había un colegio. Entonces decidió mirar por la ventana. Adentro la profesora trataba de jugar con los niños a encontrar palabras. Ella dijo: “Yo voy a pensar en una palabra y ustedes la tienen que adivinar. Mi palabra comienza con SA”. La clase enmudeció. Los rostros de los niños se quedaron inmóviles y no había forma de hacerlos hablar. Hasta que finalmente la maestra tuvo que decir que su palabra era sapo. Como no le daba resultado ese juego, decidió sacar a un niño al frente a que piense en una palabra que empiece con MA. Caminó hacia el sitio de Miguel y cuando el niño dijo que ya tenía su palabra, la clase volvió a enmudecer. La profesora entonces empezó a dar alternativas para adivinar la palabra del pequeño: madera, martillo, maceta, malita, mantequilla, matemáticas, mamita… pero el niño movía la cabeza y decía que no. Que esa no era su palabra. Entonces la profesora continuó: mazorca, maleta, mamacha, Matilde, macho… pero nada. Cansada de pensar palabras y que su clase esté enmudecida, dijo: -Miguel, estamos rendidos, dinos por favor cuál es tu palabra. Y Miguel sobándose las manos dijo bien fuerte: MACICLETA.
Don Pedro que tenía la oreja bien pegada a la ventana escuchándolo todo dio una sonora carcajada que hizo retumbar la escuela. Todos voltearon a verlo y la profesora lo invitó a pasar. “Oye, Miguel ¿no habrás querido decir Bicicleta?”, dijo mientras entraba sonriente. Estaban en una escuelita rural en la que los asientos para los niños se los habían pedido prestados a la iglesia y había una sola profesora para todos los grados. En el poco tiempo que estuvo allí, la profesora le contó el drama de la escuela: que no tenían libros, que los útiles que les llegaban no eran suficientes. Que los niños andan mal alimentados, que muchos vienen sin desayuno, que sus padres no pueden comprarles cuadernos hasta la época de cosecha que es cuando tienen un poco de platita. Y que ella se siente triste por todo eso. Don Pedro entonces recordó que hacía apenas unos días había leído en el periódico que el estado había aumentado el gasto que hace por cada niño en el Perú en el tema de educación. O sea que si en el 2004 gastaba por Miguelito 862 soles, para el 2004 ya gastaba 1,122 soles, o sea mucha más plata.
. Lo que no podía entender don Pedro es que si a Miguelito le tocaba ese dinero para su educación ¿dónde estaba esa plata? Cuando abandonó el colegio, despidiéndose con los brazos en alto y regalándoles a todos barquitos de papel, salió a la plaza y contempló el inmenso monumento a lanada construido en medio de aquel pueblo. ¿Estaría en ese mamotreto de cemento el dinero de todos estos niños? Y así estaba pensando cuando de pronto una voz lo llamó desde lejos. Era Miguelito que venía corriendo con una naranja entre manos. -Es para ti Don Pedro. Para que no te olvides de nuestro pueblo y nos regreses a visitar. Y se lo dijo con una alegría en los ojos que parecía que nada grave pasara en su vida. Se lo dijo con una esperanza que contagiaba. Con una esperanza que parecía capaz de derribar los muros de la indiferencia y el abandono. Una esperanza que le hizo pensar a don Pedro que por más que nadie volteara a mirarlos, ellos todavía conservaban la fe. Esa fe que dice que mueve montañas. Esa fe que les hace estar convencidos, que algún día recibirán lo que realmente se merecen.