Mamá –le dijo un día Santiago a su madre, con voz preocupada– ¿por qué mi hermanito es tan grande? Yo nací primero y ya tengo ocho años, en cambio él sólo tiene 5 y ya casi me alcanza. María entonces dejó de acomodar la comida de los animales y le contó una historia a su hijo.
“Hace mucho, pero mucho tiempo, cuando a tu abuelo Antuco le llegó la hora de hacerse cargo de estas tierras, todavía era muy joven. Amaba su tierra como nadie y sembraba y sembraba sin parar. Sus frutos salían ricos y los vendía muy bien cuando iba al mercado de la ciudad.
Pero cuando llegaba allá, el abuelo Antuco se daba cuenta que habían otros comerciantes que tenían frutos más grandes que los suyos, y él no entendía por qué”. “Así pasó el tiempo hasta que un día llegó a este pueblo un grupo de hombres que le enseñaron unos trucos interesantes para hacer que a sus plátanos, mangos y paltas no les gane nadie. Le enseñaron a abonar la tierra, a fumigar a los bichos que se comen sus hojas, a regarlas de una manera diferente para que la raíz dure más tiempo sana. Le dijeron que las plantas necesitaban del cuidado que se les da a los hijos. Que hay que protegerlas y tratarlas bien. Y así, poco a poco, después de varios sembríos y cosechas las cosas fueron cambiando. Las tierras del abuelo se hicieron más productivas y
sus frutos fueron tan grandes como el de los otros comerciantes”. “Eso mismo, papacito, –le dijo sobándole la cabeza a su hijo– fue lo que me ocurrió a mí contigo y con tu hermano. Al principio, cuando estabas en mi barriga yo estaba tan feliz que sólo trabajaba y trabajaba duro en la chacra para poder juntar mi platita y que nunca te falte nada. Y así naciste tú. Y naciste lindo y sanito, pero yo me enfermé por un buen tiempo porque de tanto trabajar me descuidé y no comía bien, o comía tarde o no comía cosas que me alimentaban. Pero después pasó el tiempo y un buen día llegaron al pueblo unas personas que nos enseñaron cómo hacer para que nuestros hijitos nazcan más sanos todavía y nosotras no nos enfermemos. Nos prepararon en unas clases a todos los del pueblo y nos dijeron qué cosa debíamos comer, qué vitaminas debíamos tomar para que nuestros hijos nazcan fuertes, cómo debíamos organizarnos para vivir mejor y todos los del pueblo nos sentimos muy felices. Nosotros también les explicamos a ellos cómo era nuestra forma de dar a luz, les contamos de nuestras costumbres y les enseñamos los poderes de las plantas curativas, del pago a la pachamama, y así, de esa manera las cosas fueron cambiando para todos”. -¿Por eso mi hermano es más grande? –preguntó el niño. -Sí papi– le dijo la madre. Cuando nació él yo sabía más cosas que cuando naciste tú. El niño se quedó pensando por un buen rato hasta que por fin le dijo a su mamá: - Mami, haz sido bien sabia para aprender todo lo que te enseñaron. Cuando yo sea grande quiero ser tan sabio como tú.